Hay dos – o bueno – tres tipos de primera vez. Está la que a algunas chicas sucede, a través de un ataque violento sin su consentimiento consciente. Pero el tema de violación, uno muy delicado, será para otra ocasión.
El segundo tipo de primera vez es ese súper romanticón, con velitas aromatizadas, pétalos de flores, previos regalos que incluyen bombones y peluches, y suele darse en el día de San Valentín, con una parejita de enamorados. Típico. El niño está tan, pero tan aguantado, que rompió su chanchito y gastó todos sus ahorros en el alquiler de una alcoba de un hostal. Ahora dime, un chibolo – aguantado como él solo (literalmente) –, ¿qué tan buen amante puede ser contigo, si también es su primera vez? La verdad es que aún no he escuchado a ningún hombre alardear sobre su desempeño en su primera vez.
Y dime, ¿qué tan probable era que te quedaras con ese chibolo aguantado y romanticón por el resto de tu vida?
Pues yo, gracias a Dios, no tuve esa experiencia. ESA que te deja enamoradaza; que te licua el inmaduro y superficial corazón de chica, mas no de mujer.
Mi situación fue bastante diferente. ¡Cómo agradezco que haya sido como fue!
En una reunión con unos amigos, conocí a este chico… Creo que me llevaba como cinco años – yo 19, y él 24, creo –. “Pásame tu mail.” “Sí, claro, es…”
- Hola
- Hola
- ¿Qué tal?
(…)
Ni idea de cómo, luego de mucho tiempo sin vernos, nos citamos en una biblioteca. ¿Cómo nos saludamos? Con un piquito. ¿Por qué? Ni idea.
Nos sentamos en un sillón grande, y nos besamos furiosamente. Y él, enseñándome: “Sí, muy bien. El cuello también es una zona erógena”. Me enseñó muchas cosas en ese sillón de dos cuerpos de la biblioteca.
Pasaron los días, y nos volvimos a ver, a la misma hora, en el mismo sillón, y kilogramos de frescura encima. Besos y lamidas en sus dedos.
La siguiente vez que nos vimos fue una noche en una universidad. Una solapada escabullida, y un beso acompañado de una mano exploradora.
Pues, bueno, llegó el día. Tú te quitas la ropa, yo me quito la mía, y nos besamos; tócame así; haz esto por allá… Probablemente, la mejor sesión amatoria que he tenido.
¿Por qué? Porque hice lo que quise. Con alguien que sabía lo que hacía. Claro que terminé hecha un dálmata debido a todas las mordidas. ¡Upsi! Pequeño detalle. Al final de todo, el idiota optó por el coitus interruptus, lo cual rompió un poco el momento. Pero, ¿y, qué? ¿Acaso era intención de alguno dormir abrazados? No gracias.
Estando aún desnudos, él dice:
- Ya sé por qué no debimos dejar la ropa sobre la cama.
- ¿Por qué?
- Porque se arruga.
Yo estaba aún echada en la cama, y noté que mi sostén estaba debajo de mí; lo jalé, y por ser elástico, logró un efecto de látigo, golpeando los genitales del compañero. Él, agarrándose la entrepierna, cayó a la cama retorciéndose de dolor; y yo, arrastrándome de la risa, me vestía.
Cuando, al parecer, se le pasó el dolor, dijo “Yo no pagué una habitación con cable para no verla”, y se echó nuevamente en la cama, a ver no sé qué dibujo animado. Fin.
Nada de amor. Solo clases muy didácticas por parte de un apasionado amante. Con el siguiente amante viene lo interesante: tres problemas… ¿Sabes qué es un temblor?